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Portada El Vuelo de Mirna

El vuelo de Mirna

Por Mirna la Tucán

Mirna era una tucán con un pico enorme y brillante, pero con un problema bastante incómodo: no lograba decir lo que pensaba. Vivía en una selva espesa, donde todos hablaban todo el tiempo. Los monos gritaban, los loros discutían, las ranas cantaban. Mirna, en cambio, abría el pico… y nada.

—¿Otra vez muda? —le gritó un mono colgado de una liana.

Mirna intentó responderle, pero solo salió un sonido raro, como un “plop”. El mono se cayó de la risa.

Esa mañana, Mirna decidió que algo tenía que cambiar. Caminó entre hojas húmedas y raíces gigantes hasta llegar a la laguna. Allí estaba Olga, una tortuga que hablaba lento, pero siempre encontraba las palabras justas.

—Olga… yo… —Mirna intentó decir.

—Ajá —respondió la tortuga, sin apurarse—. Seguí.

Mirna movió el pico, pero solo salió un soplido.

—No hace falta que hables rápido —dijo Olga—. Primero pensá qué querés decir.

Mirna se sentó al lado de la laguna. Pensó. Pensó mucho. Tan concentrada estaba que no vio venir a dos loros peleándose en el aire.

—¡Ese mango es mío!

—¡Mentira, lo vi primero!

Los dos chocaron y el mango cayó justo sobre la cabeza de Mirna.

—¡Ey! —intentó decir ella, sorprendida.
Salió un “¡Eyyy!” bastante claro.

Los loros se quedaron en silencio.
—¿Hablaste? —preguntó uno.

Mirna se quedó quieta. Probó otra vez.

—Sí… creo —dijo, despacio.

Los loros abrieron los ojos.

—¡Funciona! —gritó uno.

—¡No griten! —respondió Mirna, tapándose los oídos con las alas.

Se hizo un silencio raro. Después, los tres se rieron. Por primera vez, Mirna había dicho exactamente lo que quería.

Emocionada, salió volando. Quería probar con todos. Se encontró con un grupo de monos.

—¡Eh, tucán! ¿Qué cara es esa? —le dijeron.

Mirna respiró.

—No me gusta que se rían de mí —dijo, firme.

Los monos se miraron entre ellos.

—Bueno… no sabíamos —dijo uno, incómodo.

—Ahora saben —respondió Mirna.

Más tarde, Mirna vio a una rana cantando desafinada arriba de una piedra.

—Croac… croac… CROAAAC —gritaba.

Mirna se acercó.

—¿Te puedo decir algo? —preguntó.

—Decime —respondió la rana, orgullosa.

—Cantás fuerte… pero no afinado.

La rana la miró seria.
—Gracias —dijo después—. Nadie me lo había dicho.

Esa noche, la selva estaba llena de sonidos. Pero Mirna ya no se sentía afuera. Se sentó en una rama alta y miró las estrellas.

—No es solo hablar —pensó en voz alta—. Es encontrar cómo decirlo.

Desde abajo, Olga levantó la cabeza.

—Exacto —dijo la tortuga—. Y también escuchar.

Al día siguiente, un problema sacudió la selva. Un grupo de animales no se ponía de acuerdo sobre quién usaría un árbol caído como refugio. Todos gritaban al mismo tiempo.

—¡Es mío!

—¡Yo lo encontré!

—¡Yo lo necesito más!

Mirna se acercó. Dudó un segundo.

—¡Paren! —dijo fuerte.
El silencio cayó de golpe.

—Si todos hablan juntos, no se entiende nada —continuó—. Uno por vez.

Los animales se miraron.
—Empiezo yo —dijo un armadillo.

Y así, uno por uno, fueron contando lo que necesitaban. Mirna escuchaba, ordenaba, preguntaba.

Al final, decidieron compartir el árbol.
—No fue tan difícil —dijo el armadillo.

—No —respondió Mirna—. Solo había que decirlo bien.

Esa tarde, mientras el sol se filtraba entre las hojas, Mirna voló alto. No hablaba perfecto. A veces se trababa. A veces decía cosas raras. Pero ya no se quedaba callada.

Y eso, para ella, lo cambiaba todo.

Fin
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