El cuento de Jennifer
Por Jennifer la Gata

Por Jennifer la Gata

Jennifer era una gata de pelaje gris claro que caminaba siempre con elegancia. En la selva todos la conocían por eso. Saltaba bien, caía mejor, y nunca parecía perder el equilibrio. Si la mirabas desde afuera, parecía que todo le salía fácil.

Pero Jennifer sabía algo que los demás no. Cada vez que tenía que hacer algo nuevo, se frenaba. Dudaba. Pensaba demasiado. Y al final, muchas veces, ni siquiera lo intentaba.

Una mañana, la selva estaba distinta. Había ruido, movimiento, todos iban hacia el mismo lugar. Jennifer los siguió desde atrás, sin apurarse. En un claro apareció algo raro: una pantalla grande, luminosa, que cambiaba de color y mostraba cosas que nadie había visto antes.

El mapache estaba adelante explicando. Dijo que eso servía para crear cosas, que se podían hacer ideas, imágenes, juegos. El mono no esperó y tocó la pantalla. De golpe aparecieron frutas gigantes cayendo del cielo y todos se rieron. Jennifer miraba desde lejos.

¿No vas a probar?, le preguntó Olga. Jennifer dijo que después. Pero no era después. Era miedo. Veía a todos equivocarse y seguir como si nada, y no entendía cómo podían hacerlo sin preocuparse.

Se fue del lugar. Caminó hasta una rama baja y se quedó en silencio. Escuchaba las risas de los demás a lo lejos. No era que no quería. Era que no se animaba.

Olga la encontró. Le dijo que a veces parece más fácil mirar que hacer. Jennifer respondió que no quería hacerlo mal. Olga le preguntó cómo sabía eso si no lo intentaba. No hubo respuesta.

Volvieron juntas. La pantalla seguía ahí. Nadie estaba mirando a Jennifer. Nadie estaba esperando nada de ella. Eso la sorprendió. Se acercó despacio y se sentó.

Probó. Escribió una idea, la borró, la volvió a escribir. La pantalla respondió. No era lo que quería. Ajustó, cambió, volvió a intentar. Se equivocó muchas veces, pero cada vez entendía un poco más. Cuando el mono le dijo que estaba bueno, algo cambió.

Al final del día, Jennifer no tenía algo perfecto. Pero tenía algo suyo. Lo miró en silencio y entendió que no se trataba de hacerlo bien de una. Se trataba de animarse a empezar. Porque esta vez, no estaba esperando caer bien. Estaba aprendiendo a saltar.
